martes, diciembre 20, 2005

Claudia

Y más adioses. Voy recuperando fantasmas a trozos. Claudia se marcha. Lleva años viviendo aquí y le ha entrado la morriña. Ya no es feliz y no tiene nada que la ate a España, o al menos eso cree.

Unos cuantos la despedimos, sólo unos pocos, los que la queremos de verdad. Alguien ha hecho un montaje precioso con fotos de todos y mensajes de cariño. La cena es estupenda. Claudia está radiante, como siempre.

Llega la hora de decir adiós y sonríe. Sus ojos tienen el brillo del vino, siempre sonrientes, llenos de chispitas. Y en ellos: las comidas compartidas; su llamativo coche enano con orgullo entre los flamantes coches de empresa; esa vocecita frágil y esa cara de guiri que no puede negar su piel blanquísima; su interés por enseñarme a apreciar el vino (no lo conseguiste, rubia); su entusiasmo y seguridad; sus siempre buenos consejos; esa rosa amarilla que me llevó un día a la oficina, sólo para hacerme sentir que estaba ahí ante las arpías.

Claudia me mira un momento y nos dice a B. y a mí: "Tenéis que venir a verme. Unos días, tenéis que conocer mi país. Decídme que vendréis." B. y yo intercambiamos miradas y decidimos organizar una escapada sin maridos para tomarnos esa copa de vino que tanto le gusta a Claudia y volver a compartir confidencias. Le aseguramos que sí, que iremos, claro que iremos.

Cuando la abrazo, siento su cuerpecillo menudo como un junco y hundo la nariz en su pelo del color de la paja. Huele a ella, a Claudia. La estrecho con cuidado, sintiendo el calor de su vitalidad, y sé, con toda certeza, que nunca más volveré a verla.

Gracias, Claudia, por tantas cosas.


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