Adios

No sé por qué tengo la firme convicción de que una despedida no lo es si no se verbaliza. Yo siempre pienso "hasta luego" y digo cosas como "nos veremos" y "hay más días que ollas". Porque sí, porque es así y pueden suceder mil cosas y no volvernos a ver en la vida (lo más probable) o acabar viviendo en el mismo portal.
Hoy me he marchado de un sitio en el que me encontraba realmente a disgusto desde hace más de un año. No sé por qué no he recogido la mesa por la mañana... ni tampoco por la tarde... Se han empezado a marchar los primeros y yo les decía: "hasta luego" o "hasta mañana". Y les veía marcharse con una sonrisa en los labios.
Hasta que ha llegado la primera despedida de verdad. De gente que realmente me importa. Lo he hecho muchas veces: esta es una vez más. Sonrío, abro los brazos "nos veremos", "hay más días que ollas" y entonces se me engancha al cuello y me abraza, y me susurra al oído cuánto me va a echar de menos, me desea buena suerte, me pide que llame, me dice "adiós, mi niña". Y por primera vez al despedirme de alguien, en mucho tiempo, me vengo abajo. Y no hay espacio, ni ropa, ni tiempo.
Y he comprendido, entonces, por qué había llegado la hora de marcharme y aún no había recogido mis cosas.
No me gustan las despedidas.

No sé por qué tengo la firme convicción de que una despedida no lo es si no se verbaliza. Yo siempre pienso "hasta luego" y digo cosas como "nos veremos" y "hay más días que ollas". Porque sí, porque es así y pueden suceder mil cosas y no volvernos a ver en la vida (lo más probable) o acabar viviendo en el mismo portal.
Hoy me he marchado de un sitio en el que me encontraba realmente a disgusto desde hace más de un año. No sé por qué no he recogido la mesa por la mañana... ni tampoco por la tarde... Se han empezado a marchar los primeros y yo les decía: "hasta luego" o "hasta mañana". Y les veía marcharse con una sonrisa en los labios.
Hasta que ha llegado la primera despedida de verdad. De gente que realmente me importa. Lo he hecho muchas veces: esta es una vez más. Sonrío, abro los brazos "nos veremos", "hay más días que ollas" y entonces se me engancha al cuello y me abraza, y me susurra al oído cuánto me va a echar de menos, me desea buena suerte, me pide que llame, me dice "adiós, mi niña". Y por primera vez al despedirme de alguien, en mucho tiempo, me vengo abajo. Y no hay espacio, ni ropa, ni tiempo.
Y he comprendido, entonces, por qué había llegado la hora de marcharme y aún no había recogido mis cosas.
No me gustan las despedidas.







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